16
Abr
2008
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06:00. Madrugón. Para evitar los atascos hay que levantarse muy temprano.
09:00. Desayunados y tras el paseíto que separa el aparcamiento de la entrada, llegamos al circuito. Trajes de cuero, gorras amarillas, neveras azules, bocadillos interminables y hasta una pata de jamón en un picnic improvisado alrededor de una mesa de playa.
11.00. Vueltas de entrenamiento. Los rugidos delatan cada cilindrada mientras los espectadores van tomando asiento. Camisetas y gafas de sol, vaqueros y chupas de cuero, un público heterogéneo en el que tampoco faltaba un bolso tous.
Y empieza el espectáculo. El chickilicuatre y el Rey aparecen por allí, salvando las distancias claro.
Desde nuestra perspectiva vemos cuatro curvas. Adelantamientos, acelerones, aplausos a los pilotos españoles - a unos más que a otros -, alguna caída mientras nos echamos crema para filtrar un poco el sol.
Nos vamos. Quedan cuatro vueltas y el niño del anuncio del Colacao, si no hay ninguna sorpresa, tiene la carrera ganada. Le sigue el de Chupa Chups, poco querido entre los moteros. Acaba la carrera mientras cruzamos ante una auténtica nube de motos .
Verlo, verlo, lo vimos al llegar a casa en la tele. ¿Repetiría? No lo sé, pero ya he estado allí para palparlo y contarlo.
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